miércoles, 20 de febrero de 2013

Una carrerita!!


EL ESPECTADOR VENEZOLANO

sábado, febrero 16, 2013


Cayito Aponte taxista


José Ignacio Cabrujas afirmaba que Cayito Aponte era uno de los mejores actores del mercado teatral durante la década de los 80 y hasta soñó invitarlo a participar en uno de sus proyectos. Eso nunca se consumó en la escena…ni el espacio ni los tiempos venezolanos lo permitieron jamás.
Y recordamos esa anécdota, relatada sensiblemente por la productora y autora Iraida Tapias, porque hemos visto y disfrutado con la gran performance que Cayito Aponte desarrolla en el unipersonal Los taxistas  también tienen su corazoncito, excelentemente escrito y bien puesto en escena por Néstor Caballero (1951) y Vladimir Vera (1978), respectivamente, en la sala experimental de  CorpbancaBOD, donde hace temporada. 
A Los taxistas también tienen su corazoncito lo vimos por vez primera, hacia 1989, en la sala Horacio Peterson, con el actor Omar Gonzalo, bajo la égida de Rubén Rega. Pero Caballero, quien nunca queda satisfecho con lo que le revelan sus piezas desde la escena, siempre revisa y reescribe sus textos en pos de una perfección mayor, tal como lo hacía su amigo Rodolfo Santana, pero sin caer en el “obricidio”. Volvió a sumergirse en los meandros de Los taxistas también… y de ahí sacó otra obra, la cual  tampoco será la definitiva,  y se la entregó a la productora Jorgita Rodríguez para que la hiciera espectáculo.
Jorgita Rodríguez, pequeña de estatura, pero ambiciosa en sus proyectos, almorzó con el publicista y crítico Douglas Palumbo y el postre fue la invitacìón para  que Cayito Aponte se involucrara en el montaje; este, por supuesto, a sus 78 años no tiene miedo- nunca lo tuvo- al trabajo artístico y más si lo que le proponen le gusta o lo ha vivido. ”Le eché pichón, tras devorarme sus páginas”, dijo después en  charla con la prensa.
Es así que Los taxistas también tienen su corazoncito, en versión 2013, inició otra vez su periplo teatral, para enseñar lo que siempre fue: una hermosa y desgarrada historia de amor con final trágico; la parábola existencial del modesto taxista Rubén Sarmiento y la revolucionaria comunista Milagros Daza, otra saga digna de ser llevada al cine, ese que indaga en el pasado  para rescatar las claves de nuestra historia democrática.
Rubén Sarmiento entra a escena con una maleta  y busca, en  un semi abandonado  taller mecánico, los restos de su taxi ”Pepòn”, y ahí, en un santiamén, tras crear la básica ambientación, se desgrana su historia, apuntalada con la música venezolana de siempre, que va desde el 17 de octubre de 1945, en El Nuevo Circo, vísperas del derrocamiento del general presidente Medina Angarita, hasta la muerte de su esposa Milagros Daza, en los aciagos meses de 1962, tras evocar a Betancourt, Gallegos, Pérez Jiménez y el legendario Pedro Estrada, a quien le hizo una carrera al Palacio de Miraflores.
Caballero toma la historia venezolana y la ficciona para que su prédica ideológica y la metáfora estremezcan al público, las cuales en esta ocasión anudan las entretelas de los espectadores por la rigurosa composición del Rubén logrado por Cayito, utilizando la panoplia de un comediante que usa cuerpo, voz y su cansancio para crear tan hermoso espectáculo.
Cayito, veterano de muchas lides teatrales y operáticas, utiliza todos los recursos aprendidos y crea, esa es la verdad, a un ser de carne y hueso, enamorado de su país y enloquecido por los amores de la comunista Milagros, a quien conoció porque la llevó a Las veredas de Coche en una Navidad que jamás olvidará.
Deberían los profesores de actuación de Unearte, o de alguna de las escuelas de teatro que hacen vida en Caracas, solicitar de la productora Jorgita Rodríguez una clase de actuación con Cayito, porque así, en caliente, podrían aprehender de las técnicas y de los trucos que Cayito Aponte usa, además del mágico uso que hace de su aparato foniátrico. Él, por supuesto, estará feliz de ser tomado en cuenta por “los nuevos pichones” que tiene el arte escénico criollo.
El autor Néstor Caballero, por supuesto, sigue revisando los textos escritos, casi una veintena, y adelantando otros, además de una novela.

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